Que entren las que quieran

Por Andrea Hernández

Lo que nos dice la vida, y sus grandes exponentes de cómo vivirla, es que los sueños se cultivan en base a la pasión. En el mejor de los casos, desde la niñez. Nos seducen con facilidad las historias plagadas de sacrificio, esas del pibe que logra salir del barrio a punta de “chispeza” y talento, que termina convirtiéndose en un futbolista de talla mundial, y que a fin de cuentas le hace una gambeta monumental a la posibilidad de terminar como narcotraficante o delincuente. Lo dijo Gary Medel años atrás y es -tristemente- un relato que se repite en muchos atletas. El deporte en su dimensión más puritana de transformación social y política -que esperemos nunca deje de brindar oportunidades a quienes el sistema injustamente margina- y que hoy nos demanda otro cambio de paradigma.

Días atrás me sumé junto a varias colegas a un seminario digital motivado por la Asociación Internacional de Prensa Deportiva (AIPS) sobre el costo de informar y reportear cuando se es mujer. La experiencia fue mucho más enriquecedora de lo que imaginé. Nos ilustró sobre la realidad del periodismo deportivo ejercido por mujeres en el mundo y nos aunó -sin importar cuantos mundiales, juegos olímpicos, panamericanos, sudamericanos y coberturas varias se tengan en el currículum- en un concepto: abuso. No hubo testimonio que quedara exento de esta palabra que por tanto tiempo se naturalizó y, por ende, se invisibilizó. Desde técnicos y dirigentes, pasando por integrantes de cuerpos médicos e incluso deportistas, al final del día lo único que no cambia es quien atestigua todas esas acciones fuera de lugar.

Nos instan a soñar desde pequeñas, a creer que podemos ser lo que queramos, pero ¿cuán reales se tornan estas aspiraciones cuando hay industrias que siguen siendo comandadas por hombres? Hoy el mundo, funcionando a la velocidad de siempre, nos exige pensar diferente. El feminismo surgió para no dar pie atrás y finalmente instalar la igualdad que por tanto tiempo se ha perseguido.  Llegó el momento de emparejar la cancha de una vez por todas. Que nuestros pares nos miren de la misma forma con o sin escote, que no haya cabida para las segundas intenciones al primer “no”, que nos dejen de mandar a la cocina y que se entienda en plenitud que no entramos a este rubro para casarnos con el futbolista.

Mi recorrido hasta el momento no es vasto -de hecho, es ínfimo si se compara con el del resto de los y las periodistas-, pero a la hora de hablar de la pasión que nos motivó para pertenecer a este rubro, el envase es exactamente el mismo. El lenguaje crea realidad y ya no estamos para eufemismos. Basta de la cocina y que entren las que quieran.